Hay algo en la experiencia de parir -cuando tenés la fortuna de vivir un parto fisiológico, en esos donde podés meterte hasta el final en el planeta parto-, que se siente como: “mierda, esta persona no soy yo, es un animal, es salvaje, lleva mucho tiempo dormida pero sabe exactamente qué hacer”.
Desde la neurobiología se sabe que, para que el trabajo de parto fluya, el neocórtex -esa parte del cerebro asociada al control consciente, al lenguaje y a la planificación- necesita disminuir su protagonismo. Otras estructuras más primitivas, ligadas al sistema límbico, toman el mando. El cuerpo funciona mejor cuando no está siendo observado ni controlado.
Las historias de parto de Catalina Rosemary son la muestra de lo que podés experimentar cuando te hacés a un lado y dejás que esa versión más mamífera tuya sea quien lleve el mando.
Catalina es chilena, terapeuta, mamá de seis: cuatro vivos y dos que partieron.
Para el primero, Catalina decidió parir en hospital. Se preparó con consciencia para ese parto. Se desplazó al centro hospitalario solo después de vivir las primeras fases del trabajo de parto en casa, apoyándose en las técnicas de manejo del dolor que su doula le había enseñado.
Cuando llegó a la clínica tuvo un parto rápido y fluido, pero no estuvo exenta de violencia obstétrica. El médico que atendió su parto introdujo su mano en su útero para extraer la placenta. Lo que vino después fue una gran hemorragia. La hospitalizaron y buscaron tratarla.
Catalina, previo a su parto, había decidido que quería conservar su placenta, a pesar de que en ese momento, en su país, no estaba permitido. Así que había ideado un plan con su entonces esposo para robar la placenta y conservarla en una nevera portátil.
Cuando la hemorragia sucedió, y sus análisis alertaban de que había perdido demasiada sangre y tendrían que hacerle una transfusión, Catalina decidió actuar: había leído que consumir su placenta podría ayudarle a recuperarse. Y así lo hizo.
Pidió a sus familiares que le acercaran frutos rojos y una licuadora al hospital, y, sin que el personal de salud se percatara, tomó “smoothies” de su placenta.
Pidió a sus familiares que le acercaran frutos rojos y una licuadora al hospital, y, sin que el personal de salud se percatara, tomó “smoothies” de su placenta.
Al otro día le volvieron a hacer los análisis. Cuando el médico llegó a la visita para hablarle de los resultados estaba anonadado: “No, es increíble, estás mejorando muy rápido, voy a darte de alta”. Catalina se sintió orgullosa de su decisión. Reafirmó que seguir su instinto era una buena idea. Y su fascinación por la placenta creció, tanto que en los siguientes años decidió profundizar aún más en medicina placentaria.
Para su segundo y tercer parto decidió que no quería exponerse más al hospital y se preparó para un parto en casa acompañado por matrona. En estos partos se entregó completamente. Fueron rápidos. Extasiados. Catalina se dejó llevar por la experiencia.
Su cuarto y quinto parto fueron pérdidas gestacionales. Pérdidas que le permitieron a Catalina reconciliarse con el sistema médico: “Yo soy de la idea de que si algo te da miedo deberías enfrentarlo. ¿Por qué? Porque eso que resistes, que está en la sombra, tiene un regalo para vos. Y eso pasó con la idea de acudir a un hospital para que me indujeran un parto. Yo me estaba negando, no lo quería, y cuando finalmente lo hice fue liberador”.
Para su sexto parto decidió trabajar con una partera que también tenía formación en medicina tradicional. Catalina dice que fue una experiencia de rendición distinta a las anteriores. No era la rendición ingenua del primer parto, ni la confianza casi eufórica de los siguientes. Era otra cosa.
Después de partos que habían sido rápidos y potentes, donde ya sabía que conectar con su parte más instintiva era la clave, apareció el miedo. Y el miedo cambió la experiencia. “Cuando hay miedo, hay dolor”, dice. “Cuando se activa la parte más racional, cuando empiezo a pensar demasiado, es cuando empieza a doler”. Y dolió. Mucho.
En medio de ese dolor tuvo una especie de epifanía. Como una sucesión rápida de imágenes: partos en quirófano, en casa, con intervención, sin ella. Muchos escenarios posibles. Y entendió algo: no había una única forma correcta. Cualquier parto podía estar bien. Todo parto es sagrado, donde fuera que sucediera. En el momento en que dejó de luchar contra el resultado y aceptó cualquier desenlace, el miedo se aflojó. Y el cuerpo retomó su curso. Parió.
No es tan común encontrarse con mujeres como Catalina, que se permiten habitar esa dimensión más mamífera sin tanto filtro. Esa parte que está más allá del lenguaje, más allá de la forma social. Más cuerpo que discurso.
La parte mamífera no es elegante. Quiere moverse, abrirse, gemir, sudar, orinar, cagar, abir las piernas, mover la cadera. Y eso choca con lo que aprendimos sobre cómo debe comportarse una mujer. Nos enseñaron a mantener la compostura. A no hacer ruido. A no perder las formas. Quizás por eso muchas nos inhibimos en el parto. Tenemos miedo de soltarnos demasiado. De perder la imagen. De dejar de ser aceptables. Pero cuando esa parte encuentra espacio, algo cambia. No solo en el parto.
Lo que muestran las historias de Catalina no es que haya que elegir casa o hospital. No es una defensa de una forma específica de parir. Es algo más profundo: cuando una mujer logra correrse del exceso de control y deja que su cuerpo conduzca, el parto encuentra otro ritmo. Más orgánico. Más honesto. A veces incluso más placentero.
Y esa integración no transforma solo el nacimiento.
Ser conscientes de esa parte mamífera -que convive con la parte racional, con la parte que quiere agradar, con la parte que se inhibe- modifica nuestra relación con nosotras mismas. Nos autoriza a habitar el cuerpo con menos juicio. A buscar respuestas en lo que sentimos. A disfrutar sin pedir permiso. A sostener la intensidad sin huir.
Te invito a escuchar el episodio completo con Catalina.
Quizás esa parte tuya que sabe, que siente, que intuye, esté esperando un poco más de lugar.
Quizás esa parte tuya que sabe, que siente, que intuye, esté esperando un poco más de lugar.
Con cariño,
Carolina Peña
Mamá Quiere Contar
Equipo OWN IT
